jueves, 16 de septiembre de 2010

La institucionalización del fraude



El fujimorato no terminó en el 2000. Como una enfermedad terminal que se burla de la medicina y se resiste a desaparecer, el fujimorato pervive en cada esfera de la vida nacional; incrustado como un quiste, se ha vuelto parte de nuestra cultura.

Tantos años de corrupción han hecho que nos acostumbremos a ella. Todos sabemos que, si es que queremos librar un proceso más o menos decente, tenemos que separar un monto para el "incentivo" del juez. Ningún conductor ignora la "propina" que tiene que dar al policía que, por haber cometido una infracción (o ninguna), lo detenga. El fraude, la aceitada, ha pasado a ser parte de nuestras vidas al punto que constituye ya una institución aparte, con sus costumbres y normas (tácitas, por supuesto), y que suple en buena medida la ausencia del estado en la sociedad.

No debería sorprendernos, entonces, que Keiko Fujimori –la hija del dictador– lidere las encuestas de cara a las elecciones presidenciales. Ni que, en lo que concierne a las municipales, Álex Kouri –gran amigo de Vladimiro Montesinos (ni qué decir de su hermano) y célebre por llevar a cabo, durante su gestión como presidente regional del Callao, uno de los latrocinios más flagrantes de los últimos tiempos– haya ocupado hasta hace poco un sólido segundo puesto, antes de que una tacha lo sacara de carrera.

No debería sorprendernos, ni escandalizarnos. Qué nos vamos a escandalizar si esto es lo más normal. ¿A quién le importa que se haya torturado y matado a gente inocente? ¿Qué nos importan a nosotros las mujeres y niños asesinados en Barrios Altos? ¡Keiko a las presidenciales, qué carajo! Si esta es la sociedad de la aceitada y el manoseo es cosa común, ¿por qué nos vamos a poner quisquillosos?

PD: Lo que vimos ayer no hace sino confirmar que vivimos en la sociedad del fraude, donde cualquier rufián puede meterse en tu vida y en tus conversaciones privadas para sacarlas a la luz y perjudicarte. No se necesita más que una mafia bien estructurada, y un periodista suficientemente inescrupuloso como para prestarse a la cochinada.

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