jueves, 14 de octubre de 2010

El Nobel del espectáculo


De tanto vivir entre la estupidez, casi he perdido la capacidad de indignarme. Ya no me sorprende que la gente vea Al fondo hay sitio y el programa de Gisela Valcárcel, ni que los libros de Danielle Steel se vendan tan bien en todo el mundo. Pero, vamos, una cosa es que se utilice la estupidez para estupidizar y otra muy distinta que sea la cultura –la alta, mediana o media-alta cultura– la que cumpla dicho fin. Esto último sí me enfurece y me duele hasta las pelotas; ya que, como aturdido espectador –mas no como partícipe– de la cultura, siento que se está tocando algo sagrado con unas manos sucias, indignas.

Por eso, en un ataque de rabia y con mucho esfuerzo, corté anoche el cable del enchufe de mi televisor. Porque no pude soportar que hasta el más bárbaro de los conductores de tevé comentase con desparpajo los libros de Vargas Llosa, ni que desfilaran figuras públicas para robarse el show y decir que el premio Nobel es un logro del Perú. Por favor, basta ya. Como un conductor –desafiando esa ola de patrioterismo barato que se enciende con que solo un par de medios hagan bulla; conductor que, por cierto, acaba de ser sacado del aire por expresar sus ideas con libertad–, como Jaime Bayly, decía, comentó en su programa, el premio Nobel es un “triunfo personal”, porque los libros “no tienen patria”.


Me pregunto si Vargas Llosa se da cuenta de la banalización a la que está siendo sometido su nombre, al menos en nuestro país. Maestros de escuela, tan abnegados como ignorantes, dejan como asignatura redactar la biografía inservible del nuevo héroe nacional; y colocan su fotografía en el salón de clases, entre un Corazón de Jesús y una imagen de J. C. Mariátegui. En televisión, un periodista de barriada llamado Pedro Salinas –charlatán que no conoce ni la diferencia entre honorarios y emolumentos– tiene el pésimo gusto de igualar el premio Nobel a un mundial de fúltbol (y, ergo, a Vargas Llosa a la selección peruana de fútbol). En otro canal, una jovencita entrevista al escritor y tiene la valentía –o la ingenuidad, o la idiotez– de compararlo con Kina Malpartida. En fin, un concurso de necedad.

No puede ni debe negarse, sin embargo, que Vargas Llosa tiene bien merecido el premio. Aparte de su calidad literaria, que es evidente, el Nobel implica una suerte de reivindicación histórica para Vargas Llosa. Él ahora es el Premio Nobel de Literatura y los lectores con cerebro promedio a más –esos que no leen a D. Steel– se ponen a sus pies en el mundo entero. El dictador japonés que tan suciamente le persiguió, en cambio, hoy está preso, acusado de violar los derechos humanos.

Situación similar a la de aquel gran demócrata, pariente de Vargas Llosa, que tuvo como único defecto ser demasiado decente. José Luis Bustamante y Rivero, años después de ser derrocado por Odría, fue miembro de la Corte Internacional de La Haya y llegó a ser su presidente.

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