Tú y yo somos bestias salvajes. Estropajos de carne y hueso casi insensibles, casi demasiado sublimes. Animales sin sexo y sin patria apodados los extraterrestres por sus miradas andróginas y vacías. Errores del espíritu que se observan maravillados el uno al otro, y se reconocen, y se aman al instante y se odian al instante porque no se pueden ignorar. Figuras delgadísimas que desaparecen sobre el pasto desnudo de un parque solitario. Cuerpos tan lívidos que parecen hechos de aire y, sin embargo, almas rebosantes de odio y de sed.
Es mi sed la que quiere estirar mi mano hacia tu rostro, despejar los cabellos que casi te cubren un ojo y morderte los labios hasta hacerles llorar sangre. Beberla. Junto con tus lágrimas, sobre tus ropas y sobre tus pechos. Beberla. Porque es el bálsamo que necesita mi alma para adorarte al fin. Beberla. Y con mis dientes arrancar tus ropas y mordisquear tu piel blanquísima, casi pueril, que a gritos pide mi cuerpo infame.
Pero, entonces, el odio aún se entromete, y frena mi mano y nuestra unión. Ahora debemos conformarnos con compartir lamentos en la oscuridad; elevar himnos a lo definitivo, lo irreparable, que no nos deja acercarnos porque tenemos miedo de lo que pueda pasar. Y aunque un universo entero palpita bajo nuestros pantalones, nos avergonzamos e intentamos silenciarlo con el bla-bla-bla de nuestra charla.
En el fondo sabemos cuán extraño es nuestro deseo. En el fondo sabemos que este no querer una cama de rosas sino la tosquedad de un árbol podado no es normal, porque somos bestias. Por eso nos ruborizamos. Otra vez, como niños, no queremos ser diferentes; pero es demasiado tarde. Estoy condenado a ver tus ojos. Estás condenada a ver mis ojos cuando te despierten a medianoche porque no tienen valor. Porque cada vez que mi sed se abalanza sobre tus senos, mi odio me pone zancadillas. Quedo mal parado, tartamudeo y tú te molestas porque piensas que me estoy burlando de ti. Me abandonas bajo la lluvia con los trapos raídos que me cubren y mi maquillaje de payaso chorreándome la cara, sin paraguas. Solo debo volver a casa; esperar un par de días para buscarte y burlarme de mí. Y callar nuevamente. Amarrar la mano impía para conservarte al menos cerca, a ti y a tu mente enferma – fascinante.
Por tu compañía lejana, dejar que triunfe el odio. Y morirme de sed.




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